Vivencias desde el corazón de Asturias
  SENDERO DE ANZO EN ASTURIAS

Sobrescobio, son múltiples y variados, cargados de foresta y sorprendentes al andariego que gusta de la paz y tranquilidad que ofrecen esos parajes verdes ejemplares y acuosos del alto Nalón. Y los entornos de Anzó, un topónimo rebuscado que atrae por lo nominal de su pronunciación y que dirige su significado hacia un lugar envuelto en altura y recreación floral, tienen un halo de magia. Aquí, pues, lo natural, lo prístino y lo verdoso, se dan la mano en un ambiente bucólico y preñado de sosiego, calidez y luminosidad.

Y Anzó es lugar de corto caserío y amplio de panorámica verdegal. Sus atractivas veredas, inundadas por las hojas caducas y los erizos notables, se dejan caer sin apenas ruido, dejando el suelo montañés con la pátina castañera y borusca propia de estas fechas otoñales. Los castaños y robledales marcan la frondosa línea media de estas alturas coyanas que siguen la indicación hacia el llamado barranco de Anzó.

Estos contornos de la margen derecha del Nalón alto, tienen en su corazón la esencia primitiva de lo vernáculo, lo auténtico y lo imaginativo. Y cerca del llano, se observa una visión espectacular del embalse de Tanes, bien apresado entre las montañas y dos hermosas torres coloreadas, por imaginativos vitales, que un día sirvieron de apoyo a la tirolina que trasladaba a través de un teleférico, el material para las obras del pantano.

Y en medio del camino agroganadero, cabañas bien arregladas con la piedra natural y la madera singular ofreciendo buena estética. Los ganaderos que acudían con sus rebaños vacunos y cabríos ya casi son historia, muchas cuadras abandonadas que con el tiempo se convertirán en refugios amenos para los ociosos del fin de semana.

Y Anzó se está remodelando con desarrollo sostenible y estilo. Uno de los mentores de esta recuperación es el emprendedor Salus que una tarde, hace años, pegado a una pared rocosa de las que abundan por estos andurriales y disfrutando de la escalada directa, se enamoró de estos rodales y dijo en voz baja: Aquí me voy a asentar. Y sin dudarlo, abandonó su Langreo adolescente y con toda la familia apostó por la renovación de un espacio que actualmente es reflejo de actividad, turismo verde y ambiente gastronómico. Todo un núcleo de turismo rural que convierte a Anzó en parada y fonda de los viajeros y visitantes nacionales que gustan de la tranquilidad, la orientación precisa y la afabilidad en el recibimiento. Y entre servicio doméstico y atención a los fogones, Salus tiene una vocación heredada de su padre que es la preparación y ornamentación de la piedra. Un cantero de altura que disfruta con su trabajo y aprovecha su tiempo de ocio para parlamentar de filosofía existencial y medio ambiente. Y en ese reducto de Anzó ven pasar la vida, desde hace casi veinte años, él y su familia, su mujer Luci y sus hijos Sergio, Lucía e Irene. En la anochecida y en el recoleto comedor del Merendero hubo que dar cuenta a unas setas recogidas en los caminos de Anzó, por el maestro micólogo Horacio, tras un recorrido intenso y documental de la flora existente. Setas otoñales surgidas de los troncos centenarios de los castaños que ofrecen estos días su cara amable para satisfacción de los aficionados. Las setas de la variedad hígado de buey, con el toque ajero y una pasada por la sartén, convirtieron el encuentro amistoso en un bocado excelso con sabor a paisaje de un entorno agarrado a la verdad y a la sabiduría.

 

Fuente: La Nueva España

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